Haciendo esfuerzos por sacar ratos para continuar con este proyecto, creo importante contar que el domingo pasado visité el Museo Nacional del Prado junto al Amor de mi vida (sin Ella hubiera sido una visita más). Dos motivos me movían a ello, ir por primera vez a una pinacoteca nacional junto a Ella y poder observar la exposición temporal de Peter Paul Rubens en la que al fín se podían ver obras guardadas en el depósito que llevaban muchos años sin ser colgadas y que yo no había visto jamás. Conclusión: un gran fiasco. Me fastidia decirlo, pero fue así. Para nada me encontré con lo que esperaba. Supongo que si un conservador decide que esas obras permanezcan en el depósito, será por algo. Un tío con esas características museísticas, es capaz de decidir si es mejor exponer un cuadro de Cornelius Van Harlem (autor de menor relevancia en comparación con Rubens) que 5 más de Rubens. Supongo que el fiasco viene debido a que muchos de los cuadros son trabajos de su taller realizados por sus pupilos. Se nota si el que pintaba era alguno de sus discípulos o si era el mejor de ellos, Anton Van Dyck. Se nota el esmero con el que trataba sus cuadros dependiendo del mecenas, de la suma que se jugaba en ello, de su estado de ánimo... supongo que lo normal para un artista.
Me termina de fastidiar el hecho de que me enfuruñé en la visita y no pude disfrutar de los auténticos tratados de mitología que son cada uno de los cuadros de esta temática del mayor exponente del Barroco flamenco.
¡Una lástima!
Menos mal que luego nos dimos la típica vuelta para ver a los grandes (y no tanto). Lo que me llevé de esta visita es que Pedro de Berruguete era un máquina y qué cada vez me gustan más las formas dulces y bondadosas del Gótico y el Renacimiento.
Hasta otra, car@s lectores (mucho de ellos propiciados por la Santa. No te hagas la tonta que bien sabes quien eres).
